A veces sentimos que los días pasan como si fueran las hojas vacías de un libro: sin contenido o sustancia salvo la cotidianidad de dormir, comer, lavarse los dientes, trabajar, bañarse, dormir… No obstante, en cada día, nos demos o no cuenta de ello, lo percibamos o no, siempre puede haber un suceso relevante. A este hecho significativo dentro de una jornada cotidiana podríamos llamarlo “la cosecha del día”, como me dijo un amigo después de contarme la anécdota que a continuación describiré.

Un lunes al mediodía, estaba mi amigo ante la pantalla de una computadora, revisando los inventarios de libros en la librería donde trabaja. Él estaba acalorado y un poco agobiado, porque las cuentas no le cuadraban. Y, para colmo, se sentía somnoliento.

De pronto, entró en la librería una pequeña mujer con una manta colgada al hombro y en la que parecía llevar envuelto un bebé recién nacido y minúsculo.

Óscar apenas le prestó atención, sino hasta que ella se le puso enfrente y le solicitó un libro:

–¿Tiene Breve insecto? –preguntó ella.

Antes de responder, Óscar trató de ver lo que había en el pequeño bulto que ella llevaba colgado, pero estaba completamente tapado. Es un bebé muy chiquitito, sin duda, pensó. Luego su mirada se desvió a los pies de la mujer: tenía desanudada la agujeta del tenis derecho.

–Enseguida le entrego ese libro –respondió Óscar, y, acto seguido, fue a buscarlo entre las estanterías.

Óscar regresó pronto con un pequeño ejemplar en la mano.

–Este librito contiene una recopilación de poemas de once autores sobre insectos –explicó Óscar a la mujer del bultito.

-Sí, me interesa mucho. ¿Cuánto cuesta? –dijo ella.

–Cuarenta pesos –contestó él, y la mujer abrió los ojos con cierto asombro, quizá porque le pareció más barato de lo que suponía.

–Me lo llevo –dijo ella al instante, y sacó el dinero de un monedero.

Después de entregarle el ejemplar y antes de despedirse, Óscar volvió a mirar la agujeta desamarrada.

–Disculpe, ¿puedo anudarle la agujeta de su tenis?; es que puede ser peligroso para usted, y le será difícil amarrarla mientras carga a…?

–A mi bebé –finalizó ella la frase de Óscar, y continúo–: Sí, por favor amárreme mi agujeta.

Óscar se agacho frente a la mujer del bebito oculto, y, concentrado, amarró la agujeta del tenis de ella. Al terminar, se reincorporó.

–Le hice doble nudo, para que no se le vuelva a desanudar –dijo Óscar, sonriente.

Más grande fue la sonrisa de la mujer al agradecerle ese gesto. Y se despidieron mirándose con calidez a los ojos y estrechándose las manos.

“Esa fue mi mejor cosecha de un lunes cualquiera”, me dijo Óscar al terminar de contarme la anécdota que acabo de describir. “Al amarrar la agujeta de esa mujer, me sentí mejor que si hubiera vendido cien libros en tan sólo una hora”.

Y me hizo reflexionar que cada día (incluso uno ‘gris’) en esta tierra nos puede ofrecer, por mínimo o simple que sea, un fruto o más; sobre todo si estamos atentos a ello.