En su libro Understanding Waldorf Education. Teaching from the Inside Out (2002), Jack Petrash narra la siguiente anécdota (rescatada de S. Cooke, en Reader’s Digest, diciembre 1988, Pleasantville, N.Y,), que, además de ser simpática y divertida, invita a reflexionar sobre las maneras en que hablamos y educamos a los niños:

 

“Un niño de tres años de edad está callado y comiendo una manzana en el asiento trasero del coche de su padre, quien va al volante. Mira concentrado la fruta en su mano y pregunta: ‘¿Papi, por qué mi manzana se está volviendo café?’. ‘Porque, después de que te comes la piel, la carne de la manzana tiene contacto con el aire, lo que causa que la oxide, ya que cambia su estructura molecular y, por lo mismo, la transforma en un color diferente.’ Hay un largo silencio. Entonces, el niño vuelve a preguntar, sereno: ‘¿Papi, estás hablándome a mí?’”

A partir de esta anécdota, Petrash aprovecha para defender el aprendizaje lento contra la estimulación temprana o la enseñanza acelerada, que, según él, han estado en boga durante mucho tiempo. Por ejemplo, un niño de siete u ocho años que lee como si tuviera doce, suele causar satisfacción tanto en padres como en maestros. El mismo entusiasmo sucede si las habilidades matemáticas de un chico de primero de secundaria son comparables con las de uno de primero de preparatoria.

Sin embargo, un muchacho –supongamos de 23 años– que sabe demasiado, puede parecernos muy serio y predecible para su edad, lo que, quizá, ya no impresione a casi nadie. Incluso, este chico podría bloquear su capacidad de asombro, una virtud que no tiene edad. “No nos gusta la gente que es ‘vieja’ antes de su tiempo”, menciona Petrash; sin embargo, muchas escuelas y padres felicitan a los niños y a los jóvenes cuando leen, escriben o resuelven problemas matemáticos como profesionales.

 

En el fondo, explica Petrash, la estimulación temprana o el aprendizaje veloz de los niños es el aprecio que tienen los adultos por la vitalidad juvenil. Los adultos valoramos el vigor y la exuberancia, características de juventud de cualquier individuo a cualquier edad. Así, concluye Petrash, la tarea de los educadores, si realmente se desea preservar lo que valoramos, es cultivar y nutrir la vitalidad juvenil antes que promover la edad prematura. “La clave está en crear programas educativos que valoren y protejan la infancia”. O, en otras palabras, ofrecer una educación adecuada a la edad que corresponde. Los niños aprenden haciendo, y lo que más les gusta a los niños es, simplemente, jugar; y, por supuesto, se puede aprender jugando.

Tal vez no es casual que el considerado mejor futbolista del mundo en la actualidad, Leonel Messi, juega partidos profesionales como un niño: divirtiéndose, imaginando lo imposible e improvisando, en comparación con la mayoría de los futbolistas profesionales, que suelen limitar su creatividad jugando sin arriesgar nada.  O, dicho de otra manera, Messi se toma el juego en serio, mientras que otros futbolistas juegan serio.

Así mismo, Petrash añade que estudios científicos han mostrado que los cerebros de los niños tienen una marcada plasticidad. Esto significa que las primeras experiencias de los más pequeños afectarán la estructura de sus cerebros mediante el establecimiento de vías neuronales complejas o simples. De acuerdo al filósofo y reformador social Rudolf Steiner, fundador de las escuelas Waldorf, “así como los músculos de la mano crecen firmes y fuertes haciendo el trabajo para el cual están diseñadas, el cerebro es guiado hacia el camino correcto de desarrollo si recibe las apropiadas impresiones del medioambiente. El trabajo de la imaginación modela y construye las formas del cerebro”.

En este sentido, el científico Albert Einstein pensaba de manera similar a Steiner:

“Los mejores científicos son también artistas. La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación abarca al mundo entero.”

Los árboles más fuertes y bellos crecen muy despacio. Lo mismo puede suceder con los seres humanos: aprendiendo despacio podemos crecer conservando siempre la juventud y la capacidad de asombro.