“Camina”, le sugirió Cheryl Strayed a su hermano desde el corazón y desde una lejana caseta telefónica ubicada en algún rincón del Pacific Crest Trail (Sendero Macizo del Pacífico), una ruta de 4,286 kilómetros que recorre desde la frontera de Washington, E.U.A. con Canadá hasta el límite de California con México.

 Cheryl, sin ninguna experiencia en senderismo ni montañismo y completamente sola, recorrió 1,800 kilómetros de aquella ruta en el verano de 1995. Su meta era reencontrarse consigo misma después de que ella quedó devastada por la muerte de su madre y por divorciarse.

 El resultado de esa larga y solitaria caminata para Cheryl fue, además de haber logrado un viaje de autodescubrimiento, la escritura de un exitoso libro autobiográfico: Wild: from lost to found on the Pacific Crest Trail (2012). Libro del cual surgió la película Wild (Alma salvaje, en español), estrenada en 2014, y que ha sido nominada a varios premios cinematográficos importantes y ganadora de algunos de éstos. Cheryl caminó y, luego, no sólo sintió que volvió a existir, sino que también creó arte.

 “El arte de caminar es el arte de transformarse a sí mismo”, menciona el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014, 256 pp.).

Para ahondar en esta idea del arte de caminar, Gros describe en su libro lo relevante que fue dicha actividad para grandes pensadores, artistas o creadores del pasado. Personas que procuraban caminar para estar más cerca de las ideas, de su propio cuerpo, de la naturaleza e, incluso, de la ciudad y de su gente. Eran auténticas creyentes de las virtudes del andar.

 Por ejemplo, el filósofo y músico francés Jean-Jaques Rousseau (1712-1778), escribe Gros, era “incapaz de pensar y componer cuando no caminaba”. El autor de, entre otros, los libros Emilio, o sobre la educación (1762) y Las confesiones del paseante solitario (1782), relata Gros, comprendió la naturaleza zen detrás del caminar puro, un acto de despojamiento absoluto; algo similar a lo que se intenta hacer con la meditación.

 O Friedrich Nietzsche (1844-1900), quien “pensaba con los pies”. Gros cita en su libro palabras del filósofo alemán sobre la caminata: “Escribimos sólo con la mano; pero escribimos bien sólo con los pies […] Hay que sentarse lo menos posible; no creer en ningún pensamiento que no haya surgido al aire libre y estando nosotros en movimiento, en cuya génesis no intervengan alegremente también los músculos. Todos lo prejuicios proceden de los intestinos. Ya dije en una ocasión que la vida sedentaria constituye un verdadero pecado para el espíritu”.

 Gros también describe a grupos o comunidades de caminantes meditadores, como los monjes giróvagos, en el monte Athos (Grecia) y quienes se desplazan a pie de monasterio a monasterio, orando mientras caminan desde la madrugada hasta el anochecer al azar, sin meta alguna más que despojarse del mundo material.

 O los caminantes místicos, que caminan cientos de kilómetros en pos del mito de la regeneración; como los peregrinos al Kailash, un monte tibetano aislado y considerado por algunas religiones orientales como el centro del universo. “A lo largo del camino quizá uno pierde poco a poco su identidad y sus recuerdos, para no ser ya más que un cuerpo que camina interminablemente”, escribe Gros.

Así mismo, son muchos los escritores de la actualidad que han mencionado que caminar les sirve como fuente de inspiración o desbloqueo, de libertad y creatividad.

Mientras que el peatón de las ciudades puede asombrarse de un montón de cosas a la vez. Sus ojos no cesan. Su mente está alerta. No deja de crear, agarrando con los sentidos acontecimientos, imágenes poéticas, encuentros.

 Caminar en la naturaleza o en la ciudad nos acerca a nuestro ser más esencial, nos invita a observar lo que nos rodea. Nos vuelve más creativos. También nos purifica, nos hace más humildes.

Además de caminar a la estación del metro, a la escuela, por deporte o por sacar a pasear al perro, también procuremos caminar, aunque sea de vez en cuando, sin rumbo ni horario ni meta; caminemos por el simple placer de hacerlo, por despejarnos de ideas viejas y crear nuevas, por estar con nosotros mismos.