Trepar un árbol, hacer de él una morada (o un escondite), leer (contemplar, meditar, dormir) en su sombra o sobre sus ramas y abrazarlo es sentirse libre, creativo, fantasioso, incluso contenido y protegido. Es ser un niño o un poeta activo, en movimiento, porque la poesía es eso: libertad, creatividad, fantasía. Y los niños, ajenos a los prejuicios y desde su sencillez, saben reconocer y disfrutar la belleza y la poesía de un árbol.

Los árboles son los señores de la tierra. Los hay inmensos como templos o viejos gigantes bondadosos y protectores. Imposible no querer abrazarlos ni desear que nos abracen; sin importar que los bichos que los habitan nos caminen sobre la nuca y la cabeza.

Ahí están, por citar grandes árboles famosos, el Tule de Oaxaca, un ahuehuete con una circunferencia de 58 metros, una altura de 42 metros y un diámetro de 14.05 metros. Se necesitan 30 personas para abrazarlo en su totalidad, y da sombra a 500 individuos. Localizado en el atrio de la iglesia Santa María del Tule, en Oaxaca, México, se estima que tiene más de 2,000 años de edad.

O aquel cedro con más de 20 metros de diámetro que vive en el jardín Plaza Príncipe Real, en Lisboa. Es un punto de encuentro entre ciudadanos y turistas, entre niños, jóvenes y adultos. Todos caben dentro de su sombra.

O los africanos baobab, que pueden alcanzar los 30 metros de altura y cuyo tronco llega a superar los 11 metros de diámetro.

O los secuoya, considerados los árboles más grandes del mundo. Habitan en Sierra Nevada, California, Estados Unidos; aunque su cultivo se ha ido extendido a otras regiones del mundo. En los parques de Sierra Nevada se encuentran árboles de 110 metros de altura y de más de 1,500 años de antigüedad. Existe un secuoya enorme, conocido como el General Sherman, quizás el árbol más titánico del planeta, localizado en el Bosque Gigante, en la misma California. Tiene 2,000 años de edad y mide 83.8 metros de altura. Aunque es más alto un vecino suyo californiano, otro secuoya llamado Hyperión (115.5 metros de altura), General Sherman lo supera en volúmenes.

En 1935, fue publicada la bella novela El secreto del Bosque Viejo, del escritor italiano Dino Buzzati (1906-1972), quien alcanzó la fama mundial con su libro El desierto de los tártaros (1940).

El secreto del Bosque Viejo fue la segunda novela que Buzzati escribió. Es un relato mágico, imaginativo y fantasioso que puede ser disfrutado tanto por niños como por adultos. Para Buzzati, los árboles no sólo tienen vida, sino que también son seres sagrados. Esto fue escrito mucho antes de que conceptos como ecología o naturaleza se pusieran de moda. Se escribió desde un profundo amor y respeto hacia los árboles y los bosques.

En esta historia, el coronel Sebastiano Procolo se retira del servicio militar para hacerse cargo de la herencia de un extenso bosque compartida con su joven sobrino, Benvenuto Procolo. El oficial, ávido de poder, quiere talar la propiedad forestal, vender madera y tierras; el muchacho, en cambio, descubre que ese bosque tiene una atmósfera mágica, que está hechizado, que lo habitan seres fantásticos. A lo largo de esta fábula, la personalidad del excoronel se irá transformando en aquel insólito lugar. No obstante, en esta narración el protagonista es el Bosque Viejo, un lugar encantado donde los árboles son casas de los genios, las aves tienen voz, los vientos se comportan como seres humanos. La fantasía y lo real se mezclan con sutileza. Un mundo libre en que los niños se sienten a gusto y los adultos recuperan territorios de la infancia. Un espacio donde se destapan los deseos de entender el misterio, de enfrentar lo desconocido y las posibilidades de la fantasía. Donde los seres del bosque representan virtudes tales como la valentía, la sinceridad, la piedad; que se contraponen con la codicia, la sed de poder, la avidez o el egoísmo propios de los hombres, y, en este caso en particular, de los taladores desmesurados. Sin embargo, el Bosque Viejo posee un alma propia e indestructible; eterna.

Leer esta novela es como ser abrazado por un árbol. Asimismo, cada vez que percibamos que un árbol nos llama desde su silencio milenario, incluso prehistórico, acerquémonos a él. Abracémoslo o, simplemente, recarguémonos en su tronco, y él nos abrazará y nos hará sentir bien en este planeta. ¿Cuánta sabiduría no habrá en ellos?