“¿En qué se parecen un cuervo y un escritorio?”, fue una adivinanza que el Sombrerero Loco dijo a Alicia durante la hora del té, y que ni ella, ni él, ni la Liebre de Marzo, ni el Lirón nunca respondieron. O al menos no la han respondido hasta este 2015, cuando ya se cumplen 150 años desde que se publicó el libro Alicia en el País de las Maravillas. Sin embargo, aquella loca hora del té –donde el tiempo se detuvo a las seis de la tarde para siempre– y otros pasajes de esa singular obra siguen fascinando y sorprendiendo tanto a niños como a adultos.

 Y, de hecho, esa historia se inventó durante una hora del té en Inglaterra. Un 4 de julio de 1862, el joven matemático Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido por el pseudónimo de Lewis Carroll, paseó, junto con unos amigos, en barco por el río Támesis desde Oxford hasta Godstow, donde el grupo tomó té en la ribera. Este grupo estaba formado por, además de Carroll, su amigo el reverendo Robinson Duckworth y tres pequeñas hermanas de Harry Liddell, otra buena amistad del matemático: Edith (de 8 años), Alicia (de 10) y Lorina (de 13). Con ganas de entretener a las niñas, Carroll echó a volar su imaginación e improvisó un maravilloso cuento sobre un caprichoso mundo lleno de seres fantásticos, y llamó Alicia a su protagonista. Alicia Lidell quedó tan tocada y emocionada con esa historia, que le pidió a Carroll que la escribiera para ella, lo que él hizo en una sola noche, y tituló el primer manuscrito como Las aventuras de Alicia bajo tierra.

El mismo manuscrito fue enviado a George MacDonald, una amistad admirada de Carroll. MacDonald leyó el cuento a sus propios hijos pequeños, quienes se enamoraron al instante de la historia. Esto animó a Carroll a revisar su manuscrito para publicarlo, y le puso el título que conserva hasta hoy día: Alicia en el País de las Maravillas. De hecho, a esta nueva versión, Carroll añadió las famosas escenas de “La loca hora del té” y la del entrañable personaje del Gato de Cheshire, lo que hizo crecer al doble el manuscrito originalmente enviado a Alice Liddell.

Cuando Lewis Carroll publicó Alicia en el País de las Maravillas en 1865 –cuyo éxito fue inmediato– quizá nunca se imaginó que su obra resonaría a través del tiempo hasta convertirse en un icono cultural. Un libro que ha germinado inspirados homenajes como las poco conocidas ilustraciones de Salvador Dalí, las conocidísimas adaptaciones cinematográficas de Walt Disney y de Tim Burton, los ensayos literarios de Jorge Luis Borges, por mencionar algunos. Asimismo, fue una lectura formativa de Alan Turing, uno de los pioneros de la computación, y la obra perdura como uno de los más queridos libros infantiles y como una filosofía imperecedera para los adultos.

Charles Dodgson, o Lewis Carroll, nació el 27 de enero de 1832 en Daresbury, Cheshire, Inglaterra, y murió en Guildford, Inglaterra el 14 de enero de 1898. Nunca se casó, sin embargo, siempre tuvo fascinación por el mundo infantil. Se ordenó como diácono en 1861, aunque no llegó a ejercer el sacerdocio dado a su incurable tartamudeo.

Respecto a Carroll y su Alicia inventada, Borges señaló que “en el trasfondo de los sueños [de Alicia] acecha una resignada y sonriente melancolía; la soledad de Alicia entre sus monstruos refleja la del célibe [Carroll] que tejió la inolvidable fábula. La soledad del hombre que nunca se atrevió al amor y que no tuvo otros amigos que algunas niñas que el tiempo fue robándole, ni otro placer que la fotografía, menospreciada entonces.”

El mismo Borges escribió: “La literatura inglesa y los sueños guardan una antigua amistad. Son innumerables los casos de sueños como tema y entre los más ilustres están las historias de Alicia escritas por Carroll”. Sueños que bordean la pesadilla, por cierto.

Para Carroll, el universo constaba de cosas que pueden ordenarse por clases y una de esas clases era la de las cosas imposibles o sin sentido. Alicia en el País de las Maravillas parece un libro imposible; sin embargo, no sólo existe, sino que es parte de nuestra felicidad. Una obra que es tan querida en el mundo occidental como lo es La mil y una noches en el oriente. Ambos libros son realmente deleitables, con todo y que Alicia es, además de la historia de una niña en un mundo asombroso, una trama de paradojas de orden lógico y metafísico.

Las imaginativas aventuras de Alicia son alucinantes y sin sentido, además de que, otra vez Borges, “contienen el secreto rigor del ajedrez y de la baraja”. Es decir, las paradojas lógica-matemáticas de la obra no impiden que sea un cuento mágico para los niños. Una historia donde, además, abundan y se agradecen el juego con el implacable tiempo y el doble sentido de las palabras (“Respiro cuando duermo no es lo mismo que duermo cuando respiro”, diría el Lirón), que, por lo mismo, las refrescan de su tufillo de naftalina y les sacuden el polvo de la costumbre.

A 150 años de existencia de Alicia en el País de las Maravillas, nunca será tarde para tomar un té mientras se lean o relean estas aventuras, un libro que puede disfrutarse en diversos planos y a todas horas, no importa si al ritmo del apresurado Conejo con chaleco y reloj de bolsillo o al del tiempo detenido del Sombrerero Loco.