Pinocho tenía nariz de mentiroso, y era un mentiroso; Cyrano de Bergerac tenía nariz de poeta, y era un poeta; Gogol tenía nariz de cuento, y era un cuento; Charles Darwin tenía nariz de cura, pero… era todo lo contrario: un naturalista que revolucionó las creencias de nuestro origen, con su teoría científica de la evolución por selección natural, que es totalmente opuesta al creacionismo, que argumenta que Dios u otro ser superior creó a los seres vivos.

Pero, ¿por qué Charles Darwin tenía nariz de cura?

Durante el siglo XIX, estaba en boga la frenología, una teoría que afirmaba que el carácter y los rasgos de la personalidad, incluso la tendencias criminales, podrían determinarse con base en la forma del cráneo, cabeza y facciones de las personas.

Así, los frenólogos, basándose en la configuración de la cabeza y las facciones de Darwin, afirmaban que él era idóneo para ser clérigo. Pensaban que tenía la protuberancia de la reverencia desarrollada como para diez sacerdotes en uno. ¡Imaginen! por poco y Darwin hubiera sido Papa.

De hecho, casi se vuelve cura. Después de dos cursos de medicina en Edimburgo, el padre de Darwin se percató de que a su hijo no le agradaba la idea de ser médico.

“En diferentes ocasiones asistí a dos operaciones muy graves en el hospital de Edimburgo, una fue de un niño; pero salí huyendo antes de que concluyeran. Nunca más volví a asistir a una; esto era mucho antes de los benditos días del cloroformo”, cuenta Darwin en su autobiografía, que escribió, sobre todo, para describir el desarrollo de su propio pensamiento.

Entonces, su padre le propuso hacerse clérigo. ¿Habrá el padre consultado a un frenólogo antes de tomar esa decisión para su hijo? Quizás esta respuesta nunca la sabremos. Lo seguro, es que el padre estaba totalmente en contra de que su hijo Charles, de 19 años, se volviera un señorito ocioso, lo que parecía su destino más probable. De hecho, el mismo Darwin lo anotó en uno de sus cuadernos: “Convencido de que mi padre me dejaría herencia suficiente para subsistir con cierto confort, no me esforcé por aprender medicina.” Así que fue enviado a Cambridge, para convertirse en cura.

Contrario a lo que podría creerse, a Darwin le agradaba la idea de ser un cura rural. Y considerando la ferocidad con que, años después, fue atacado por los religiosos a causa de sus teorías sobre la evolución de las especies, parece broma que alguna vez él pensara en ser clérigo. No obstante, su intención de ser cura se esfumó cuando dejó Cambridge, para unirse a la expedición náutica del navío Beagle en calidad de naturalista, una actividad que le fascinaba desde niño.

Aunque no todo fue a pedir de boca antes de que Darwin se embarcara en el Beagle. El destino le tenía preparado, al menos, un par de obstáculos: su padre y, ¡cómo no!, la frenología.

En 1831, al regresar de una veraniega excursión geológica en el norte de Gales, Darwin recibió una carta de su maestro y amigo Henslow, que le informaba que el capitán Fitz-Roy cedía parte de su camarote a un joven voluntario que quisiera ir con él en el viaje del Beagle como naturalista, sin recibir ninguna retribución. Oferta que a Darwin le pareció estupenda. Pero su padre puso serias objeciones a que se fuera de viaje a lejanos continentes. Sin embargo, su tío Jos, a quien el padre lo consideraba persona con amplio sentido común, apoyó la idea de que Charles se embarcara. Y el padre dio su consentimiento.

En tal caso, pocos días después, Darwin llegó a Londres a entrevistarse con el capitán Fitz-Roy. Todo se arregló pronto, salvo que Fitz-Roy estuvo cerca de no aceptar a Darwin en el barco ¡a causa de la forma de su nariz! “Tienes nariz de cura, no de marinero”, quizá no se atrevió a decirle Fitz-Roy a Darwin en su primera entrevista.

Fitz-Roy era un discípulo apasionado del escritor y filósofo suizo Lavater (1741-1801), quien alcanzó la fama con su libro El arte de conocer a los hombres por la fisonomía, cuyas ideas eran bastante similares a la frenología. Así, Fitz-Roy estaba convencido de que podía juzgar el carácter de una persona por la configuración de sus facciones; y dudó que una persona con una nariz como la de Darwin tuviera la energía y decisión suficientes como para realizar la travesía. Sin embargo, posteriormente se alegró de que la nariz de Darwin le hubiera mentido.

El 27 de diciembre de 1831, un Darwin de 22 años partió de Londres en el barco Beagle hacia la aventura más maravillosa de su vida que, posteriormente, también abriría a la humanidad más puertas esclarecedoras en su fantástico viaje por este planeta.

Y que lo diga el mismo Darwin: “El viaje del Beagle ha sido con mucho el acontecimiento más importante de mi vida, y ha determinado toda mi carrera; no obstante, ello dependió de una circunstancia tan insignificante como que mi tío se ofreciera para llevarme en coche las treinta millas que nos separaban de mi padre y convencerle a que yo zarpara, y de algo tan trivial como la forma de mi nariz.”

Por tanto, si nos dijeron o nos dicen que tenemos nariz de bombero o de payaso o de abogado o, incluso, de naturalista, meditémoslo al menos un par de veces antes de tomarnos en serio esta afirmación.

Alberto Manuel Sánchez

Pluma invitada

Bibliografía consultada

Darwin, Charles, ‘Autobiografía’, Alianza Editorial, 1993