Cuando escuchamos la palabra hábitos solemos pensar en hábitos de higiene, alimenticios, de estudio, deportivos o de salud, pero rara vez pensamos en los hábitos del pensamiento y mucho menos, en hábitos emocionales.

La palabra hábito viene del latín habĭtus que significa modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas.[1] Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos sobre hábitos emocionales?

Los hábitos emocionales son aquellos comportamientos que hemos acumulado por repetición, generalmente porque tomamos ejemplos inconscientes de nuestra familia o de la cultura en la que crecemos respecto a la forma en que sentimos y reaccionamos ante determinadas situaciones o actitudes.

¿Qué pasaría si hiciéramos una sencilla revisión para distinguir aquellos hábitos que nos generan malestar y que además, lastiman o afectan a otras personas?

La siguiente pregunta puede servirnos como guía, ¿con qué frecuencia reacciono con impulsividad o agresividad ante situaciones o cosas que me molestan o que me hacen sentir incómodo?

Si reconocemos cuáles son esos comportamientos que repetimos continuamente y lo hacemos constantemente, podemos decir que tenemos un hábito emocional, porque frente al mismo hecho o situación solemos responder de la misma manera.

La gran noticia es que no estamos condenados a vivir con hábitos emocionales que nos perjudiquen; hoy sabemos que podemos identificarlos, reconocerlos y adquirir nuevos que incidan en nuestra forma de ser, sentir y responder ante emociones, sentimientos y experiencias de manera positiva. Para lograrlo, tomemos como base los siguientes pasos:

  1. Identificar | Nombrar.
  2. Notar cuando vamos a entrar en el hábito que queremos transformar.
  3. Buscar otras formas distintas para responder a esa situación específica.

Realicemos un ejercicio de autoobservación cuyo objetivo sea identificar qué nos molesta y cómo respondemos a aquello que nos molesta, así podremos reconocer y nombrar aquello que quisiéramos transformar.

“Me molesta enormemente que mi pareja deje la pasta de dientes y cada vez que la encuentro así, reacciono impulsivamente, me enojo, grito o hago aspavientos”. Ahí estoy reconociendo un hábito negativo que puede transformarse. Entonces, en lugar de reaccionar inmediatamente con enojo, observo que existe ese hábito y en el momento en que me doy cuenta de que me estoy enojando, puedo realizar tres respiraciones, cerrar la pasta y buscar otras formas de respuesta. Quizá podamos ponerle un moño rojo, de tal manera que encontremos alguna solución positiva que nos ayude a nosotros mismos a transformar las actitudes y encontrar con la persona que tengamos un conflicto, alternativas que también les ayude a ellos a transformar ese tipo de comportamientos y juntos cambiar poco a poco aquello que no construye armonía en la relación.

Otro ejemplo en de un hábito emocional inadecuado es hacer de las amenazas una forma de interacción, piensen en lo siguiente: un profesor se encuentra en el salón de clases y los niños están más inquietos que de costumbre, ante eso el maestro lanza un grito “Si no se callan, nadie va a salir al recreo”. Los alumnos quizá guarden silencio, pero no se está fomentando que reflexionen, al contrario, se fomenta el miedo. Aquí no sólo se perjudica a sí mismo el maestro al no establecer una comunicación asertiva, también se está perjudicando a los alumnos, pues no se les está ejemplificando cómo expresar emociones y sentimientos de manera adecuada. Una alternativa es establecer reglas del juego, apelar a las necesidades de los alumnos y del maestro dialogando, pero no usar la amenaza como recurso para que los estudiantes realicen una acción.

Recordemos que siempre podemos orientar nuestra mente hacia el bienestar, cultivando pensamientos y actitudes que favorezcan un entorno de armonía.

 

[1] http://www.rae.es/