Si bien es cierto que los seres humanos somos capaces de organizar y estructurar nuestros pensamientos para construir conocimientos que nos ayuden a crecer, a comprender el mundo y a vivir en el, también es cierto que nuestros pensamientos muchas veces se van por la libre, queramos o no, lo hayamos descubierto o no.

Nuestros pensamientos  son libres ciudadanos de la mente y se generan sin nuestro consentimiento y sin nuestra dirección. De ahí la relevancia de la pregunta: ¿podemos regular nuestros pensamientos? La respuesta es sí, regularlos tiene que ver con la capacidad de discernir, diferenciar, distinguir, es decir, aprender a pensar para usarlos en situaciones específicas. De esta manera nuestra inteligencia nos permite diferenciar lo que nos genera bienestar o malestar o por ejemplo, distinguir cuando estamos en peligro.

Tomar consciencia de ellos implica aprender a observarlos, verlos sin apego, seguirles la pista, darnos cuenta de lo que pasa por nuestra mente.

Al hacerlo percibiremos que existen pensamientos que nos ofrecen una sensación de bienestar y otros terriblemente negativos que nos enganchan en verdaderas torturas mentales. ¿Cómo salir de esos estados? Observándolos e identificar los efectos que generan en nuestra mente y en nuestro cuerpo.

Observar nuestros pensamientos y lograr el control sobre ellos, y no que ellos tomen el control de nuestro actuar, quizá sea una de las capacidades más poderosas para el momento tan acelerado y confuso que vivimos actualmente.