En el más reciente curso de educación emocional que ofrecimos a un grupo de Supervisores Escolares del Distrito Federal, me sorprendió que nadie levantó la mano al preguntarles sobre quién había crecido con el conocimiento de que podíamos controlar, manejar o transformar nuestras emociones, yo tampoco pude hacerlo. Lo que me llevó a confirmar de manera rotunda lo alejados que hemos estado de la educación emocional.

Hoy se hace evidente que educar las emociones, las actitudes y los comportamientos, es tan o más importante que educar la inteligencia racional.